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La familia de Vicente |

Mi pueblo, no es pequeño. Pero tampoco es grande. Es uno más de estos pueblos blancos del centro-oeste de España. Es un pueblo extremeño. Tiene una hermosa iglesia y una beatífica paz. Buenos campos de cereales y hermosos bosques de encinas y alcornoques. Sin embargo, por aquel tiempo después de la guerra, también había pobres. Y a la hora en que el sol calentaba más fuerte, cuando los vecinos se reunían en torno al gazpacho, ellos recorrían las calles deteniéndose en todas las puertas. Y llamaban. Y pedían. Y refunfuñan si se iban con las manos vacías.
Lo malo es que esto sucedía con frecuencia, casi a diario. Decían sus paisanos, no sé si con razón, que eran unos vagos. Que habían tomado aquello como profesión. Que eran muy sucios y desagradables. Y que incluso habían olvidado el nombre de Dios al pedir por cuenta propia. Yo de esto no sé nada. Era aún muy pequeño aún para fijarme en estas cosas.
El caso es que la triste procesión de menesterosos se fue reduciendo. De modo que pronto se vieron muy pocos por la calle. Casi ninguno. Sólo Vicente, el tonto Vicente, se atrevía a caminar de puerta en puerta solicitando con su llamada la limosna.
Pero es que Vicente era distinto. Vicente alegraba con su paso torpe nuestras calles achicharradas por el sol. Se le oía cada vez más cerca, golpeando las puertas en la calle vacía, y había algo que nos empujaba al balcón para verle avanzar con la cabeza ladeada, mirando en oblicuo, tratando de asentar su tambaleante cuerpo sobre sus amplios pies.
Vicente era joven. No tenía más de treinta años. Pero no podía trabajar. Ni pensar. Ni nada... Era tonto. Era el tonto del pueblo. Quizá por esto no temía a los perros de los tacaños ni a los rayos del sol. Y quizá por esto le queríamos todos. Aunque no. No era sólo por esto. Es que Vicente era muy bueno. No se enfadaba nunca. Nunca. Aunque desde dentro le lanzasen la desconsoladora respuesta negativa.
Los mayores también le toleraban. Yo creo que incluso le querían. Y mucho. Por esto no ponían objeción alguna cuando sus hijos, los chiquillos del pueblo, contestaban con una voz, casi grito, a los golpes del cayado sobre la puerta. Hasta, disimuladamente, se asomaban para presenciar la ingenua entrevista del bobo y del crío. De aquel niño que era hijo suyo con aquel tonto que de todos se decía primo y hermano.
- Buenos días “pimino”. ¿Cómo está la mamá? ¿Y el hermanino? ¿Comen mucho las gallinas?
- Perdona por Dios, Vicente, que no tenemos nada.
- Bueno, hermano. Adiós. Hasta mañana.
- ¡Espera, Vicente, espera!
Y el chaval corría antes de que Vicente hiciese caso a la sirvienta, a depositar la limosna en el cestillo.
- Gracias, hermanino. ¿Sigue engordando el cochino? ¿Y la perrina?- agradecía sonriendo, preguntando siempre por los demás con aquella parla tartamudeante y difícil que cerraba las “o” oscureciéndolas.
- Oye, Vicente; ríete un poco para que yo lo vea.
Y Vicente reía con aquella su extraña risa torcida y hermosa.
- Canta, Vicente.
Y Vicente entonaba canciones extrañas que parecían decir algo de ángeles, de sueños y de niños.
Y Vicente contaba. ¿Contaba? No. No contaba nada. Pero disfrutaba tanto haciendo reír a los pequeños…
- ¡Baila!, Vicente.
Y Vicente se ponía a trenzar peligrosamente las piernas. A plantar a saltos aquellos zapatos enormes, más grandes que sus pies, sobre los adoquines.
Y Vicente jugaba con ellos. Y reía y cantaba y bailaba con ellos hasta que, sin hora, sin tiempo, se alejaba carretera adelante camino del chozo.
Era un chozo pobre. Como todos los chozos. Pero limpio, fresco, agradable. Los muchachos lo conocían bien. De vez en cuando iban – y yo con ellos – saltando y corriendo hasta allí. Estaba un poco lejos. A unos kilómetros del pueblo y a dos o tres de la carretera.
Un día, hacía un hermoso día de comienzos de otoño, el primo Vicente no llamó a las puertas. Los chicos no se dieron cuenta. La misma costumbre de su visita debió quitarle importancia. Además se acercaban las fiestas del pueblo, y claro, los vecinos andaban muy atareados. Limpiaban las casas para recibir con dignidad a los forasteros; encalaban las fachadas para lograr un bello aspecto exterior según imponían las buenas costumbres y la autoridad; daban trabajo a los sastres; rompían las alcancías…
Era natural que no notasen su ausencia. Y menos extraño que no se acordasen de él durante los días de las barquitas y de las voladoras. Además, quizá Vicente estuviera arreglando su chozo o divirtiéndose también y por eso no venía.
Pero pasaron las fiestas y los días, y Vicente continuaba sin aparecer.
Lo recordó Toño durante un recreo en la escuela.
- Tampoco viene a mi casa – contestó Juanito –. A lo mejor es que se ha ido.
- ¿Adónde puede irse Vicente? – preguntaron a coro los demás.
- ¡Ah! No sé. Pero si no viene a pedir es que se ha ido – insistió Juanito con la rotundidad de la inocencia.
- O a lo peor tiene tosferina. Mi hermano Paco no puede salir de su habitación porque tiene tosferina.
- Y quizá no tiene quien le cuide. Ni ha podido avisar al médico.
- ¡Bah! No seáis tontos. Los hombres nunca están malos.
- Pues el abuelito de Pepito se murió hace poco.
- ¡Claro! ¡Pero es que era ya muy viejo!
- ¿Por qué no vamos esta tarde al chozo? Así sabremos que le pasa – propuso Toño.
- Eso. Eso. Iremos esta tarde que es jueves.
- Y no tenemos clase.
- Y hace un día muy bueno.
Y, efectivamente, aquella tarde del jueves, sin clases y con sol, la pandilla dejó las blancas calles y brincando y corriendo llegaron hasta la morada de su “pimo” Vicente.
Juanito fue el primero en entrar, Vicente estaba allí, acostado sobre su pobre jergón. Se alegró mucho al verles. Pero no pudo saludarles ni levantarse. Ni casi moverse.
- Buenas tardes “hermanino” Vicente. ¿Qué té pasa?
- ¿Por qué no vas al pueblo como antes?
- ¿Es que estás malo?
El tonto afirmó con el gesto. Quiso decirles algo, pero no pudo. Se le enredó la campanilla en la garganta, él no sabía por qué. Sin embargo salieron al fin aquellas mostrencas lágrimas que hacía días estaban tímidamente asomándose a sus párpados. Y se alivió mucho.
- ¿Es verdad que quieres irte, primo Vicente?
- ¿Dónde quieres irte? ¿Al Cielo?
De nuevo asintió el pobre bobo con el gesto, intuyendo su fin.
- ¿De veras, Vicente?
- ¿Y verás a la Virgen?
- ¿Y a los ángeles?
- ¿Y te asomarás a una estrella?
Sí, pero ya no vendrá a pedir a nuestras casas – lloriqueó Antolín –. Y no podremos jugar con él.
Al verlo el enfermo hizo un tremendo esfuerzo; y elevándose un poco tomó entre sus dedos enfebrecidos los negros bucles del chiquillo.
Y con sólo eso se alegraron todos. Incluso el pobre tonto comenzó a sonreír y a sentirse mejor. De manera que al caer la tarde, cuando los niños del pueblo se despedían, casi, casi podía levantarse.
Pero Vicente el bobo del pueblo, no pudo levantarse. Murió aquella madrugada.
Un coche vino a buscarlo. Era un coche bonito. Con muchas flores. Pero negro. Los mayores decían que venía del pueblo vecino porque la choza de Vicente estaba fuera de aquel término municipal. Y desde luego debía de venir de muy lejos, porque los hombres que lo conducían no eran del pueblo. Claro que los niños sabían muy bien de donde venían. Y se lo indicaban a los mayores que asentían silenciosos.
- Ese es el coche del cielo.
La comitiva se puso en marcha. Los hombres llevaban la caja por entre los peñascos, por el sendero que unía la choza con la carretera. Estaba allí todo el pueblo. Todos los hermanos y todos los primos de Vicente. Todos sus paisanos. Los señorones se disputaban por llevar el féretro. El féretro era negro también. Pero en cambio iba cubierto de flores y de cintas blancas. Parecía nevado.
En la carretera, don Francisco, el maestro, estaba en la fila de los niños; muy serio. Parecía que lloraba. No se llevaba el pañuelo a los ojos, pero lloraba. Sin embargo, los niños cuchicheaban entre sí como si hubiesen pasado el umbral de un gran secreto. ¡Cómo son los pequeños! No hay quien les entienda. ¡Con lo que ellos querían a Vicente! ¿Por qué sonreirían ahora?
El párroco rezó el último “Padrenuestro”. Y el coche se perdió por la larga cinta de asfalto.
- Adiós, hermano Vicente.
La comitiva inició su regreso.
Los paisanos del tonto caminaban muy callados, muy serios. Algunos se golpeaban el pecho como si rezasen el "Yo pecador”. Y eran los más ricos.
Juanito entró en su casa saltando y riendo como siempre. Su mamá le observaba silenciosa, sin extrañarse. Son unos chiquillos aún – pensaría.
Sin embargo, Juanito estaba alegre de veras, Juanito y los demás chicos del pueblo. Parecía mentira.
- Mamá, Vicente se ha ido al Cielo, ¿sabes? Y todas las noches se asoma a una estrella para saludarnos. Y hablamos con él. Y nos dice que no puede venir. Pero va a enviar a otros “hermaninos” y “pimos” para que recojan su limosna. Luego se la llevarán al Cielo.
Y fue verdad. Porque desde entonces volvieron a escucharse los golpes con los que los pobres llamaban a las puertas. Y que se iban acercando, acercando, por la calle blanca.
Los padres no decían nada. Nada. Al contrario; se miraban silenciosos cuando los chiquillos del pueblo, sus hijos, se levantaban de la mesa muy serios para llevar la limosna al enviado.
- Vienes de parte de Dios, ¿verdad?
- Sí, hermano.
- ¿Y has visto al hermano Vicente?
Y de noche, los niños del pueblo se quedaban mirando, ensimismados, hacia la misma estrella.
- ¡Mirar, mirar! ¡Allí está el hermano Vicente!
Autor: Francisco Morón. Del Libro: La puerta ojival. Universitas Editorial. Badajoz. Premio "Siluetas" de cuentos.
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