La formación de las identidades en las sociedades tradicionales |
Aunque,
como afirma Castells, todas las identidades colectivas son construidas(6), la
educación, además de participar en esta construcción, lleva a cabo la
transmisión de las mismas de la generación adulta a la generación joven, o
bien a la formación, en esta última, del sentimiento de pertenencia a la
sociedad en que nacen o a la que se incorporan. Este proceso se ha llevado a
cabo desde los orígenes de la humanidad a través de la educación no formal,
en el hogar familiar y dentro del grupo social al que la misma pertenece, y más
recientemente también a través de la educación escolar o sistemática.
2.1.
El hogar familiar y la
sociedad en general, como constructora de la identidad colectiva
En
ese proceso de transmisión, la familia tradicional ha desempeñado un papel
decisivo, no solo por las características de la misma, que permitía la
permanente presencia de la madre en el hogar, sino también por la gran
plasticidad que tiene el ser humano para el aprendizaje en los primeros años de
su existencia. Tal vez la infancia, o más precisamente los tres primeros años
de la vida, sean los más relevantes para la transmisión de la cultura del
hogar familiar que es la de la sociedad o del país en que se vive y por tanto
también, para la formación de la identidad cultural local, regional o
nacional. Como puso de relieve Rof Carballo en los años cincuenta del siglo
pasado, en su obra "Cerebro interno y mundo emocional" y más
recientemente Rodríguez Delgado, según el cual, el niño inicia, a través de
los estímulos, de la cultura, de los valores, del mundo afectivo que vive en el
hogar familiar, y que percibe por medio de los receptores sensoriales, la
estructuración de su sistema referencial, compuesta de conexiones y de
funciones y la modulación de su cerebro. Gran parte de lo que se aprende en ese
momento queda almacenado en el sistema límbico cerebral, para aparecer más
tarde como intuiciones, deseos, creencias y emociones que modulan y colorean las
reacciones tanto conscientes como subconscientes y que van a ejercer, por
tanto, una poderosa influencia sobre la interpretación de la realidad durante
toda la vida. A esa edad el niño tiene una gran sensibilidad afectiva, pero una
comprensión limitada de lo que ocurre a su alrededor. La impresión emocional
que en gran parte es afectiva, es fácil, y por eso tiene un impacto tan grande,
la moralidad, la sexualidad y las ideas del entorno familiar. A diferencia del
aprendizaje lingiiístico, las creencias, tanto religiosas como políticas,
suelen tener un fuerte contenido emocional, lo que supone una ligazón a la
personalidad y una gran resistencia a posibles cambios. Las creencias
doctrinales, sean científicas, culturales o de otra clase, comparten estas
características del mundo emociona1(7).
Como
dice 1. Dewey, la influencia
inconsciente del ambiente, a través del cual se transmite la cultura, es tan
sutil y penetrante que afecta a todas las fibras del carácter y del espíritu,
pero especialmente, y en este orden, a la adquisición de los hábitos del
lenguaje (los modos de hablar, la riqueza del vocabulario), las maneras, la
moral, (las buenas maneras proceden de la buena crianza), el buen gusto y la
apreciación estética, los sentimientos, y las normas más profundas de los
juicios de valor que son estructuradas por las situaciones en las que una
persona se encuentra habitualmente. La estimación consciente de lo que es o no
valioso se debe a normas de las que no tenemos conciencia en absoluto. Pero en
general puede decirse que las cosas que aceptamos sin indagación o reflexión
son justamente las cosas que determinan nuestro pensar consciente y deciden
nuestras resoluciones. Y estos hábitos que se hallan bajo el nivel de la
reflexión son precisamente aquellos que se han formado en el dar y tomar
consciente de las relaciones con los demás(8).
También
en el hogar familiar el niño comenzaba a comprender que formaba parte de un
grupo social que tenía su fisionomía propia y por tanto en él se formaba el
sentimiento de pertenencia, que desempeña un papel importante tanto en la vida
afectiva del individuo como en el de las colectividades; el sentimiento de
solidaridad al participar en determinadas tareas familiares (el cuidado del
ganado en el campo, la ayuda en las tareas de la casa); el patriotismo que tiene
su base en el sentimiento de pertenencia al grupo y en la conducta de apego,
(lazos afectivos), que surge en la relación madre-hijo en los primeros años de
vida, se amplía al entorno en el que vive, surgiendo así el amor hacia su
propia localidad, a su país natal, lugares familiares, cercanos de la realidad
hogareña, aparecen en ese momento sobre todo en el campo(9)
La
formación del carácter continuaba por el contacto con la calle, el grupo de
amigos, los juegos infantiles, en el lugar de trabajo, en la predicación en la
iglesia, en las fiestas y celebraciones y en el contacto con las distintas
instituciones sociales. La identidad colectiva nacional, en el caso de España,
formada por estos medios, se puso de manifiesto en la Guerra de la Independencia
(10).
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6.
CASTELLS, M., La era de la información. El poder de la identidad.
Alianza Editorial. Madrid 2000, Vol. 2, pp. 28.
7.
Vid. RODRÍGUEZ DELGADO, J.M., La mente del niño. Cómo se forma y cómo hay
que educarla. Aguilar, Madrid 2001,
8.
DEWEY, 1,
Democracia y educación. Losada,
Buenos Aires, 1953, pp. 24-26.
9.
DEBES SE, M.m Las etapas de la educación. Nava, Buenos Aires, 1955, pp.
92-94.
10.
GARCÍA DE CORTÁZAR, F., "A la búsqueda de España", en Historia
de España. Prehistoria. BibJioteca El Mundo. Edit. Espasa Calpe, Vo1. 1.,
pp. 11-25.
Por Miguel Zapater Cornejo. La Rioja