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Teoría
de las organizaciones en |
Teoría
de las organizaciones (escolares) en la Sociedad del Conocimiento Gonzalo Gómez Dacal Gonzalo Gómez Dacal
Universidad de Salamanca La institución de enseñanza en el Siglo del Conocimiento.
Asistimos, y lo percibimos como uno de los resultados visibles de la evolución política,
económica, cultural y social que ha experimentado la Humanidad, cuyo curso se
ha acelerado en los últimos decenios, a la síntesis de un estado de opinión
ampliamente compartido de que el siglo XXI se caracterizará crecientemente por: La generalización del acceso en tiempo real a la información, cualquiera que sea el lugar en el
que los individuos residan, siempre que dispongan de la tecnología necesaria y
de los conocimientos que requiere su utilización;
mundialización de los puntos desde los que pueden prestar
servicios o producir bienes, y por los consiguientes efectos que este hecho
producirá en la deslocalización de las entidades que los prestan o los
producen;
Los cada vez más frecuentes contactos entre culturas, y la génesis de fenómenos y procesos de
intercambio, complementación o enriquecimiento mutuo entre las mismas; de
dominio de las más sobre las menos dinámicas, y de sustitución de los valores
propios de éstas, cuyos miembros experimentarán una progresiva aculturación
(pérdida del idioma, de los usos y costumbres, de las creencias, etc.), por los
de aquellas, y por la presumible futura síntesis de un reducido número de
nuevas formas de pensamiento que sustituirán al heterogéneo marco cultural que
se ha construido durante siglos de escasa comunicación, de elevada confrontación
y de insuficiente entendimiento entre individuos y pueblos. La aparición, al menos de forma transitoria, de grupos humanos heterogéneos cultural y
racialmente, que se verán sometidos a un proceso de homogeneización
progresivo, fruto de un previsible incremento del mestizaje cultural y racial,
en los que, por ello, con el transcurso del tiempo, cobrará valor el aprecio
por lo que inicialmente se percibe como diferente (ganará fuerza el sentimiento
de “otherness”) y, también, y como antítesis, rebrotarán reacciones de
hiper-aprecio por la propia identidad, de defensa a ultranza de la similitud, de
miedo ante la progresiva “simplificación cultural” y de preservación de
todo lo que constituye la “sameness”.
Estos cambios afectarán, están afectando ya, sin duda, no a la epidermis sino al núcleo,
a la esencia, de las sociedades tal como se definieron en el proceso histórico
que condujo a los actuales estados-nación, y su consumación se acorta
progresivamente, de tal forma que ya hoy quienes los experimentan y en cierta
medida impulsan han nacido, y en su mayor parte se han formado, según valores
que están sometidos, en unos casos, a una profunda revisión y, en otros, a una
completa sustitución por nuevo valores más acordes con la realidad que se
viene etiquetando como sociedad del conocimiento. En este escenario de cambio de paradigma, para una adecuada representación de lo
por venir es obligado desarrollar nuevas teorías que expliquen
satisfactoriamente el funcionamiento de las sociedades y los comportamientos de
los individuos y grupos, y, consiguientemente, hace necesario re-pensar el papel que ha de atribuírsele a la escuela como
institución responsable de contribuir, a través de la enseñanza, al
alumbramiento y a la consolidación del nuevo orden social.
Es, pues, el momento oportuno para revisar las teorías seminales acerca de la
escuela, de entre las que tiene especial significación la desarrollada por el
influyente sociólogo Emile Durkheim, en la que se explica el nacimiento y evolución de
esta institución por la necesidad que experimentan las sociedades de pervivir y
evolucionar en entornos cambiantes; de transmitir a las jóvenes generaciones
los valores, los conocimientos, las tecnologías, los usos, las costumbres y las creencias que han acumulado la generaciones adultas, y de procurar,
por medio de tal transmisión, la integración cultural y social de todos los
ciudadanos. La escuela en Durkheim contribuye a la reproducción de los elementos que hacen posible la existencia
de las sociedades en cuanto sistemas, y responde a las nuevas necesidades que
experimentan mediante su propia evolución, de la que la especialización
creciente de los profesionales que en ella trabajan en un elemento esencial. Esta función reproductora la completa al subrayar la importancia que tiene la responsabilidad que atribuye a la
institución escolar de impulso y promoción del cambio y re-construcción
de la sociedad de la que forma parte.
Estos procesos de reproducción e impulso de la renovación cabría interpretarlos
como formando parte de lo que llama períodos de ciencia normal[4]
o de transformación dentro de un mismo paradigma. La mutación que origina la
aparición de la “sociedad del conocimiento”, el tránsito de la modernidad
a la post-modernidad como prefieren decir algunos, constituye, siguiendo con la
terminología acuñada por Kuhn, un cambio revolucionario, radical, que da paso a un nuevo paradigma desde el que es
preciso interpretar a la propia sociedad y a sus elementos constitutivos, también
a la institución docente, cuyo papel es necesario re-construir en
profundidad, radicalmente. Esta Ponencia se propone, precisamente, presentar a la consideración de todos
ustedes, los componentes esenciales de una nueva teoría de la escuela, capaz de explicar satisfactoriamente su
responsabilidad como institución social
en el “siglo del conocimiento”. Esta nueva teoría abarca tres elementos
fundamentales, ellos mismos otras tantas teorías:
Una teoría del objeto de enseñanza;
Una teoría de la calidad de la enseñanza;
Una teoría de las organizaciones que prestan el servicio público de la
enseñanza escolar.
Este discurso se desarrolla formando parte de un marco teórico más amplio,
bautizado como
K SIGMA del que son principios definidores:
La prioridad de conseguir
que la escuela sea un instrumento para la
equidad, para lo que son condiciones:
Que compense efectivamente las carencias personales y sociales que afecten, por razón de
raza, de nacimiento, de creencias, de sexo, de edad, de recursos económicos, o
de cualquiera otra índole de naturaleza no escolar, a las posibilidades académicas
de las personas;
Que ofrezca la posibilidad de alcanzar cotas de desarrollo formativo acordes con sus cualidades
a los alumnos que muestran tener talentos especiales o una alta capacidad de
aprendizaje. Es responsabilidad de las organizaciones escolares satisfacer, con un servicio de suficiente calidad, las
demandas y expectativas de los individuos y de los grupos sociales, y hacerlo
con el mejor aprovechamiento de los medios de que disponen (efectividad y
eficiencia).
Teoría de la enseñanza escolar:
En el inicio del recorrido que debe concluir en una “teoría de las
organizaciones escolares”, se sitúa la cuestión de fijar criterios para
determinar las condiciones que debe reunir aquello que se enseña (el “objeto
de la enseñanza”) para que el ciudadano tenga éxito personal y profesional y
la Sociedad pueda funcionar adecuadamente en el “siglo del conocimiento”,
sabiendo que en la medida en que ello sea así lo que los alumnos aprendan como
consecuencia de la acción de la escuela ha de ser de “calidad”. Se trata,
por consiguiente, de precisar cuándo, y en qué medida, lo que está enseñando
un profesor, un centro educativo o todo un sistema escolar tiene las características
que lo hacen merecedor de ser calificado de “calidad”, midiendo esta
cualidad tomando como referente el papel que representa la escuela en el siglo
XXI. Se trata, pues, en esta fase, de tener respuestas ciertas a estas preguntas:
¿Qué características del objeto de enseñanza son indicadores de calidad en el siglo del conocimiento?
¿Quién reconoce o acredita tales características como valiosas, en este momento de la evolución de la Humanidad? Se acepta –esa es la respuesta síntesis a las cuestiones de partida- que el
valor de calidad (estimado en términos de efectividad) que corresponda al objeto de enseñanza
es función:
De su utilidad para dar satisfacción a las necesidades y expectativas
que experimenten, tanto en el terreno personal, como profesional, científico o
cultural, aquellos que hayan de incorporarlo a su estructura cognitiva,
actitudinal y psicomotora (un individuo, un grupo o una sociedad entera);
Del grado en el que su dominio por quienes tengan la condición de
“alumnos” contribuya a:
Consolidar los valores que acepta la comunidad en la que ocurre la enseñanza, por ser
necesarios para establecer relaciones sociales estables, haciendo previsible el
comportamiento de los que asumen los diferentes
que hacen posible la vida en sociedad;
Aportar los recursos científicos, técnicos y prácticos que requiere el buen
funcionamiento de los sistemas sociales (sanitario, económico, político,
escolar, etc.). No se trata de defender, con este punto de partida, un concepto meramente
utilitarista de la enseñanza, sino de reconocer la legitimidad del usuario (el
individuo y la sociedad) del servicio educativo escolar, y no de otras
entidades, en la acreditación de la calidad del objeto de la enseñanza, sin
que ello anule la necesidad de que las instituciones que otorgan soporte a la
enseñanza escolar dispongan de los medios técnicos y científicos necesarios
para facilitar información acerca de las características y virtualidades de
los contenidos que se enseñan; virtualidades que no se derivan de postulados
“esencialistas” sino de la prognosis que se haga de su capacidad para colmar
carencias o dar respuesta a propósitos y objetivos personales y sociales. Este planteamiento suscita, no obstante, dos importantes cuestiones, cuya respuesta
satisfactoria está cargada de problematicidad:
¿La aplicación del criterio de utilidad por parte de los individuos, de
forma personal e independiente, al atribuir “calidad” a las opciones
formativas, y al decidir, en consonancia con ello, cuál de ellas van a elegir
por considerar que es la más valiosa, asegura, integrando tales decisiones
individuales e independientes, que la comunidad, el sistema social, satisface
las necesidades generales que requiere su propia pervivencia, evolución y
cambio, así como la creación de un amplio estado de bienestar entre los
ciudadanos?
¿Quién integra las “utilidades individuales” en una “utilidad
general” cuando no exista una clara compatibilidad entre una y otras?
La armonización de las posibles discrepancias entre la percepción de utilidad
individual y el valor social de algunos itinerarios escolares se procura en la
práctica de diferentes formas:
En ocasiones, es el poder político, actuando como representante (no
siempre legítimo) de los ciudadanos, quién decide hasta dónde priman lo
social y lo individual, regulando para ello tanto las opciones formativas
susceptibles de ser elegidas por los individuos como los requisitos que han de
reunir para acceder a cada una de ellas
Es, así mismo, frecuente que el dilema “utilidad
individual”/”utilidad social” sea resuelto recurriendo a argumentos y
estudios técnicos, tanto de situación como prospectivos.
Son no pocas las ocasiones en las que son ciertos grupos de interés (los
profesores y sus organizaciones o sectores sociales con elevada capacidad de
influencia en las decisiones políticas, por ejemplo) los que deciden finalmente
qué forma ha de tener el objeto de enseñanza para que sea útil social e
individualmente para sus miembros. Aunque, de acuerdo con lo anterior, la prueba final de “valiosidad” es la aceptación
de cada una de las propuestas formativas que se realizan a través de las
instituciones escolares, no cabe duda de que, por ello mismo, es conveniente, y
aun obligado:
Realizar, antes de decidir acerca de las mismas, y de opinar sobre las
propias opciones en cuanto tales, un estudio de las necesidades que existen en
materia de competencias en las “audiencias” cuyos miembros serán sus
potenciales destinatarios, tomando para ello diferentes unidades de análisis
(los individuos, en diversos contextos; los grupos, en sus variadas modalidades;
las entidades productivas, en sus heterogéneas tipologías etc.), considerando,
en general, tales –unidades de análisis- a los subsistemas que hacen posible
el eficaz funcionamiento del sistema social en cada momento histórico;
Decidir, en consonancia con el needs
assessment realizado, previniendo posibles sesgos, qué contendidos
formativos, convenientemente estructurados en planes y programas de enseñanza,
satisfarán de forma eficaz, eficiente y efectiva las necesidades personales y
sociales existentes;
Garantizar que los contenidos seleccionados cuentan con solvencia científica
y actualidad plenas;
Prever “mecanismos” de adaptación que permitan corregir las
prognosis erróneas y la adaptación progresiva del objeto de enseñanza a la
evolución de las demandas y necesidades de sus destinatarios;
Diseñar un sistema de evaluación dotado de la imprescindible acuracidad
(válido y fiable) para verificar en qué medida los alumnos incorporan a sus
recursos competenciales los contenidos de la enseñanza. El “objeto de enseñanza”
Como no está entre los propósitos de esta Ponencia el realizar una “evaluación
de las necesidades” que, en los momentos actual y futuro, experimentan y
experimentarán los destinatarios del servicio público de la enseñanza
escolar, en este punto se alude únicamente a las características de los
propios contenidos, estimando desde la teoría su pertinencia para dar respuesta
a aquello que con ellos presumiblemente pretenden conseguir los ciudadanos y las
comunidades de este primer tercio del siglo XXI.
Caben a este respecto, tres planteamientos diferentes, aunque complementarios, y múltiples
opciones en las intersecciones posibles de estos tres “ejemplos ejemplares”,
o paradigmas: el tradicional, el
constructivista y el de la pedagogía auténtica
a)Desde un punto de vista tradicional,
son “objeto” de enseñanza escolar contenidos científicos, técnicos y prácticos
seleccionados tomando como criterios básicos su importancia académica y
proyección científica y tecnológica; su ajuste al nivel madurativo del
alumno, y su valor propedéutico para el aprendizaje de otras materias. El constructivismo, sin despreciar los requerimientos académicos
del sistema tradicional a la hora de atribuir relevancia a los contenidos de la
enseñanza, introduce nuevos criterios:
La conexión de lo que se enseña y aprende con la realidad en la que
vive el alumno, de tal forma que las competencias que se adquieran en la escuela
sean un eficaz instrumento de adaptación del individuo a su entorno;
El requerimiento de que el objeto de aprendizaje sea un medio para nuevos
aprendizajes, lo que demanda incorporar a los contenidos de la enseñanza
estrategias y métodos de estudio así como recursos de aprendizaje de tipo metacognitivo,
a fin de que los alumnos se conviertan progresivamente en making
persons, personas capaces de construir de forma autónoma su pensamiento y
de interpretar la realidad utilizando capacidades cognitivas propias.
La voz auténtica” hace referencia a la esencia del tercero de los
planteamientos, al querer significar con su utilización que lo que se enseña
en la escuela ha de ser genuino, es
decir, ha de estar en estricta correspondencia con lo que en su vida personal,
profesional y social hacen los músicos, empresarios, políticos, artesanos,
maestros, periodistas, ingenieros, médicos, taxistas, etc., en contraposición
con los aprendizajes que se conciben por y para el propio sistema escolar, como
si fuese una entidad cerrada en si misma y autosuficiente, es decir, artificial. Para que el objeto de enseñanza sea “auténtico” es imprescindible que:
Sea el propio alumno el que construya, a través de una enseñanza auténtica,
su individual sistema de conocimientos (“aprendizaje auténtico”), y no,
como es habitual en los curricula
tradicionales, que su papel se agote en la asimilación de discursos, objetos y
logros que otros han producido, recopilado y transmitido;
ü
Los alumnos, formando parte de su “aprendizaje auténtico”, efectúen
un trabajo sistemático de investigación “real”, para lo cual es imprescindible que aquello que aprenden –el “objeto”- contenga:
La información necesaria para la construcción guiada del propio sistema de
pensamiento (hechos, vocabulario, teorías, algoritmos, convenciones,
procedimientos, etc.);
Un tratamiento en profundidad de los contenidos de la enseñanza, y no una mera
recopilación de hechos y conceptos;
Las competencias para producir comunicaciones que permitan transmitir a audiencias
no escolares ideas, razonamientos, descripciones, propuestas, valoraciones,
etc.;
Contenidos que tengan valor fuera del ámbito escolar; es decir, que sean útiles en
situaciones propias de la vida ordinaria (“auténtica”), y que se ajusten a estrictos estándares de calidad intelectual, tales como
los de:
han de servir para responder a una situación, resolver un problema o adoptar
una decisión con acomodación a los mejores criterios de autoridad en la
materia de que se trate;
: han de ser significativos para quienes ejercen control sobre el currículum
(autoridades, asociaciones profesionales, expertos, padres y, en su caso,
alumnos).
El objeto de la enseñanza escolar del siglo
del conocimiento ha de responder a las características de la pedagogía
auténtica, considerando que el alcanzar tal condición no excluye el
otorgar valor a los aprendizajes fruto de la asimilación de lo que “otros”
han desarrollado (pedagogía tradicional) o a la adquisición de competencias
transferibles y de recursos cognitivos que son “herramientas” para el
aprendizaje autónomo (pedagogía constructivista), sino que es la razón que en
último término justifica su inclusión como materia de enseñanza: todos las
metas del aprendizaje han de concluir en el incremento de las competencias de
los alumnos para intervenir con éxito en el mundo real.
El servicio educativo y la teoría de la calidad En consonancia con el marco de pensamiento K SIGMA en el que se desarrolla esta
Ponencia, que enfatiza la relevancia que tiene la rapidez con que se operan los
cambios, y la variabilidad de contextos en los que ocurren, en la Sociedad
del Conocimiento, se postula un modelo explicativo de la calidad del
servicio (educativo) que prestan las organizaciones (escolares) que difiere de
las concepciones clásicas que interpretan la calidad como un estado que, una
vez alcanzado, lo procedente es mantenerlo. Frente, por consiguiente, a esta
visión estática de la calidad concebida como una cualidad de valor constante,
la teoría que se propone K SIGMA considera que es –la calidad- una variable
cuyos valores evolucionan según el siguiente modelo, desarrollado como una
versión modificada del propuesto por Noritaki Kano
Región en la que se produce satisfacción
Calidad básica
Calidad que “atrapa al cliente”
Calidad
Presión de la competitividad
Tendencia a “regresar” al nivel inferior
De acuerdo con este modelo:
Existe un nivel
básico de calidad que los “clientes” suponen consustancial al
servicio o al producto que reciben (en los países desarrollados, todos los
centros escolares tienen profesores con la necesaria titulación, por ejemplo). A los elementos que forman parte de este nivel no suele hacerse referencia
cuando se emite un juicio que atribuye a la calidad un valor positivo: si falta
alguno de estos elementos, la percepción es que la calidad es mínima; por el
contrario, si están presentes, no generan satisfacción ni se toman como
indicadores de calidad. Obsérvese que la flecha representativa de su
trayectoria no alcanza la zona de “satisfacción” en ningún punto de su
trayectoria, disminuyendo según transcurre el tiempo la satisfacción si la
prestación del servicio no abandona esta zona de “calidad básica”;
La línea que representa la calidad
esperada (azul) traza la ruta que sigue la satisfacción a medida que
el servicio (educativo) satisface expectativas explicitas de los “clientes”
(enseñanza de un segundo idioma, incorporación de las nuevas tecnologías a la
enseñanza, disminución de la ratio profesor alumno, mejora de los servicios de
orientación, tasas de éxito progresivamente mejores en la progresión académica,
etc.): están tanto más insatisfechos cuanto menos se cumplen estas
expectativas, y ganan en satisfacción a medida que perciben que las colman. La calidad que se le reconoce habitualmente a la enseñanza es función
del grado en que responde a las expectativas expresas de sus destinatarios.
Son cualidades que atrapan al cliente
aquellas que, fruto de la innovación, no son esperables y se presentan como
específicas, singulares y propias de determinadas organizaciones
“innovadoras”. En el modelo, se sitúan siempre en la zona de “satisfacción”
(la introducción de Internet, en los años
que corren, por ejemplo, para tutelar la actividad del alumno fuera del
tiempo escolar).
Las“expectativas de calidad” de los “clientes” se comportan de tal
forma que: o
Cualidades que en un determinado momento se corresponden con expectativas
explícitas, como consecuencia del continuo proceso de mejora, pasan a forma
parte de la calidad básica, y
dejan de generar satisfacción;
Cualidades que atrapan al
cliente por ser aceptadas como especialmente valiosas se convierten,
primero, en parte de la calidad
esperada y, posteriormente, en calidad
básica.
Las organizaciones que han alcanzado el nivel de calidad que atrapa o “excelente”, si su fuerza innovadora
decae como consecuencia de su autopercepción
de éxito, pierden progresivamente viabilidad, y terminan por no ser
competitivas (efecto morir de éxito).
El factor que explica la liberación de los recursos intelectuales, y sobre todo de
la capacidad de innovación, de que disponen (o son
capaces de atraer) la organización y sus miembros para satisfacer las
crecientes demandas de los clientes es la competitividad, siendo condición para que este factor sea
operativo que exista libertad de elegir la institución que ofrece los servicios
(de enseñanza) de mayor calidad.
Teoría de las organizaciones escolares: los grupos de interés. Aspectos generales
K SIGMA
es, al menos así se presenta, algo más que un método para mejorar la calidad,
aspirando a constituirse en una nueva filosofía de gestión de las
organizaciones que prestan servicios (escolares) o producen bienes en el siglo
del conocimiento. De esta nueva “filosofía” son puntos centrales:
La efectiva y eficiente
satisfacción de las demandas y necesidades de los “clientes” son el
objetivo último y razón de ser de las organizaciones;
La gestión de la
organización se centra en la mejora de los procesos a través de los cuales
presta los servicios o produce los bienes que satisfacen las expectativas y
demandas de los clientes;
La estimación de la
calidad de los servicios prestados y bienes producidos se hace a través de
datos y hechos;
La eficiencia y la
efectividad de la organización se someten a un proceso continuo de control;
La eficiencia y la
efectividad se procuran mediante la colaboración entre todos los implicados en
la “cadena de producción” (directivos, trabajadores, “clientes”, grupos
de interés);
La “voz del cliente”:
Es un indicador
acuraz de eficiencia y efectividad y un determinante crítico de las decisiones
organizacionales;
Debe analizarse a través de variables mensurables;
Es el punto de partida de los procesos de mejora;
Aunque el propósito
final es la perfección en eficiencia y efectividad, se admite la posibilidad de
se produzcan “errores”;
Antes de introducir nuevos recursos en un proceso para mejorar su efectividad, es preciso eliminar
los “errores” o “defectos” que se producen en el mismo;
La innovación constituye un determinante estratégico de la viabilidad de las organización;
La responsabilidad última
se sitúa en las personas que detentan funciones directivas, que son quienes han
de adoptar la decisión de trabajar según este paradigma de gestión, y,
subsiguientemente, tomar las medidas necesarias para formar a todos los
trabajadores (profesores) en su espíritu, técnicas y procedimientos de actuación;
generalizar la convicción de que superar situaciones de insuficiente eficiencia
o efectividad es algo crítico para
el futuro de la organización, y convencer de que ello puede conseguirse con
apoyo en los poderosos instrumentos que ofrece K SIGMA. Esta centralidad del cliente, además de generar la energía que alimente el
funcionamiento de la organización, replantea la concepción de la propia pirámide
organizacional: frente a la tradicional y weberiana concepción clásica de estructura piramidal, que sitúa en
su vértice a los directivos de
nivel superior y en su base a los “trabajadores de primera línea” y a los
“clientes”, K SIGMA propone como alternativa otra, coronada y sostenida por
quienes son los destinatarios de los servicios y bienes que presta y produce la
organización y cuyo soporte son los órganos de dirección, que mantienen permanentes
intercambios con un entorno formado por los individuos y las entidades (los grupos
de interés) que, pudiendo influir en su efectividad y eficiencia, se
forman expectativas que esperan satisfacer a través de tales intercambios:
En el “mapa de ruta” de K SIGMA, figuran como puntos de referencia:
Identificar a los “clientes” y a los principales grupos
de interés, para conocer en todo momento sus expectativas respecto
de la organización (escolar);
Conocer qué procesos de los que
desarrolla la organización son “clave” para dar respuestas efectivas a las
expectativas y demandas de los “clientes”;
Medir el rendimiento actual de la
organización (eficiencia con que está dando satisfacción a los
Desvelar
los procesos que son responsables de
la existencia de niveles de efectividad y de eficiencia insatisfactorios;
Establecer prioridades para acometer
planes de mejora de la efectividad y eficiencia de los procesos
que son causa del insatisfactorio rendimiento de la organización, o que pueden
mejorarlo;
Implantar los planes de mejora;
Valorar el impacto de los planes de mejora. Teoría de las organizaciones (escolares) La teoría
El estudio de la enseñanza escolar tomando como unidad de análisis las organizaciones docentes como configuraciones y
no elementos aislados de las mismas atrae desde hace ya algunos decenios
el interés no sólo de los investigadores, quienes para superar la dificultad
de integrar en un mismo modelo numerosas y heterogéneas variables han debido
recurrir a instrumentos de análisis de gran complejidad y potencia, sino también
el de los políticos y administradores,
crecientemente preocupados por proporcionar a los ciudadanos instituciones
(escolares) efectivas, que satisfagan las demandas de sus “clientes”
(alumnos y padres, en el caso de las que ofrecen programas de enseñanza), y el
de los propios profesionales (de la enseñanza), a quienes se considera, cada
vez más, responsables de la eficiente gestión de las organizaciones en las que
ejercen.
Se dispone, así, de numerosos estudios relativos a este dominio,
pudiendo considerarse, el “Informe Coleman”
si no el primer trabajo concebido para apreciar qué variables escolares y no
escolares determinan la calidad de la enseñanza y el éxito de los alumnos en
su aprendizaje sí un cornerstone en
el camino que desde su publicación se ha seguido para desvelar los efectos de
las escuelas en los resultados instructivos. Coleman y un amplio grupo de investigadores dan a conocer en los años sesenta y setenta
conocidos e influyentes estudios en los que llegan a la conclusión de que las
instituciones docentes, en sentido estricto, tienen un efecto limitado en los
logros de los alumnos, si se compara con el que ejerce el medio sociofamiliar
Según avanzan los años 70, se identifican variables relacionadas con el
funcionamiento de las escuelas, y se pone de manifiesto que, sin restar
importancia a las que constituyen el medio sociofamiliar, tienen capacidad para
producir cambios significativos en el rendimiento de los alumnos
En las dos décadas siguientes, se enfatiza la importancia de las variables del
nivel “escuela”, y se cuantifican sus efectos en el rendimiento escolar y en
otras variables que se consideran así mismo indicadores de calidad de la enseñanza
Fijación de metas;
Liderazgo instructivo;
Oportunidad de aprender;
Clima escolar;
Gobierno compartido;
Tecnología de enseñanza;
Fortalecimiento del papel del profesor;
Participación e implicación de los padres en la actividad escolar; etc. Ya en los últimos años, de la mano del interés existente por establecer sistemas
de accountability para regular el funcionamiento de las escuelas, se
busca incrementar la efectividad, eficiencia y equidad de la enseñanza mediante el otorgamiento
a los centros docentes de crecientes niveles de autonomía, la evaluación
externa de los resultados escolares y la atribución a administradores,
directores y profesores de responsabilidad por los niveles de calidad con que
prestan el servicio educativo.
Todavía hoy, las
teorías clásicas, de corte eminentemente académico-didáctico, describen los
centros de enseñanza como procesadores técnicos de inputs
(capital, recursos tecnológicos y humanos y trabajo, básicamente), diseñados
con la finalidad de transformar una “materia prima” (el alumno sin
determinadas competencias) en un
“producto” (el alumno con las competencias que no poseía y que forman parte
del plan formativo del programa de enseñanza que ha realizado), por
lo que tienen una capacidad limitada para explicar lo que ocurre realmente en
los establecimientos docentes que operan en la sociedad
del conocimiento (qué objetivos persiguen
sus integrantes; qué les permite captar recursos del entorno; qué incentiva a
profesores y alumnos a aportar esfuerzo y talento a su trabajo; qué fuerzas
facilitan o limitan su actividad, etc.), por lo que en esta Ponencia se propone
una nueva teoría de la escuela,
más comprensiva, que, sin ignorar las virtualidades de las que se han
denominado “clásicas” (en cualquiera de sus variantes), pretende integrar:
La formulación, a partir de los trabajos de Ackerman y Bauer,
Carroll, Davis, Preston y Post, Wartick y Cochran,
entre otros, de la llamada teoría social de las organizaciones laborales, de la que son elementos
constitutivos los principios de: Responsabilidad social (satisfacción por las organizaciones laborales de las expectativas de la
sociedad y de las personas). (eficiencia en la satisfacción de necesidades del entorno);
entre dos exigencias que pudieran percibirse como antagónicas: el rendimiento
económico y las obligaciones con la sociedad y el medio natural.
El desarrollo, bajo el inicial impulso de la emblemática obra Strategic
Management:A Stakeholder Approach, de Freeman, de la teoría
de los grupos de interés,
de la que es elemento central el postulado de que los objetivos y el
funcionamiento de una organización están determinados por la pretensión que
tienen sus dirigentes de dar satisfacción a los individuos y grupos que tienen
algún tipo de influencia sobre ella y que, consiguientemente, pretenden
satisfacer sus propias necesidades a través de la misma.
Los resultados de las investigaciones que han puesto de manifiesto la
relevancia que tienen los factores escolares para determinar la efectividad del
proceso de aprendizaje, controlados los efectos de las variables no
determinables por las instituciones docentes (los rasgos genéticos de los
alumnos o las condiciones del medio sociofamiliar, por ejemplo), tanto aquellas
que se han apoyado en modelos que integran variables tratadas como
independientes como las que han estudiado los factores escolares integrados
formando configuraciones (se incluyen en esta última categoría las
investigaciones hechas sobre los llamados centros
escolares eficientes). Integrando estos tres ámbitos de estudio, la nueva Teoría
de la Escuela consta de un núcleo, constituido por un modelo de eficacia
y eficiencia que responde en buena medida a la concepción clásica de la
escuela como “operador” que transforma los recursos ( style="mso-bidi-font-style:normal">inputs)
en resultados (outputs) con
apoyo en una determinada tecnología, y un entorno formado por “grupos de
interés” que hace que la efectividad del operador sea función también del
grado en que el modelo organizativo de la escuela es compatible con el sistema
de creencias (componente que aporta la teoría social de las organizaciones
laborales) y satisface las expectativas de las personas y entidades que tienen
reconocida capacidad y “derecho” para intervenir (“stakeholders”) en su
funcionamiento. La nueva teoría se etiqueta bajo el rótulo del
Modelo sociotécnico de
efectividad escolar organizacional:
Los grupos de interés
La teoría de las organizaciones (escolares) propuesta en esta Ponencia, permite
superar la trivial identificación entre contexto escolar y entorno físico y
cultural en el que está radicado el centro de enseñanza: en la era del
conocimiento, como consecuencia de la aplicación de los principios de
“libertad de elección de centro” y de “autonomía de los establecimientos
de enseñanza”, las instituciones educativas se definen (o debieran definirse)
en una estructura de relaciones recíprocas con los individuos y grupos con los
que mantienen vínculos económicos, administrativos, ideológicos, culturales,
religiosos o simplemente de “proveedor” a “receptor” de sus servicios, y
que, siguiendo a Freeman, venimos denominando “grupos de interés”.
En sus relaciones con los grupos de interés,
la organización (sus órganos de gobierno, y especialmente el director como
quien la personifica) ha de adoptar
sus estrategias, de acuerdo con la
teoría de la dependencia desarrollada por Pfeffer y Salancik,
teniendo en cuenta la importancia relativa que tienen los recursos que cada
grupo aporta a la puesta en marcha, crecimiento, estabilidad y desarrollo de la
organización
La importancia (la “distancia”) de un grupo
de interés depende del influjo que ejerce en la organización y de la
dependencia que está tiene de sus aportaciones, según un modelo constituido
por tres postulados:
La dependencia de una organización (escolar) respecto de un grupo
de interés es igual al influjo que éste ejerce en los determinantes de su
viabilidad (la de la organización);
El influjo de un grupo de interés
es directamente proporcional al grado en que sus aportaciones son críticas para
la viabilidad de la organización;
La dependencia de una organización de un grupo
de interés es inversamente proporcional al grado en que ésta puede
asegurar su viabilidad sin las aportaciones del grupo
de interés (o fuera de sus relaciones con el grupo
de interés).
Influjo de “A” sobre
Dependencia de“B” respecto de “A”
Recursos que obtiene “B” fuera de la relación con “A” que suplen,
neutralizan o mejoran los que le
proporciona “B” Las relaciones con los grupos de interés
son una de las responsabilidades primarias de los órganos de dirección; su
tipología responde al modelo de “negociación”, y su objetivo es situarlas
en un punto en el que las demandas y las contribuciones de cada uno y de todos
ellos están equilibradas, de tal forma que favorezcan permanentemente la creación
del entorno más favorable para la viabilidad de la organización. A
modo de conclusión
La
Sociedad del Conocimiento alcanzará a ser tal en la medida en que
el acceso a la información haga verdaderamente libres a sus integrantes para
elegir aquellas opciones que juzguen más convenientes para articular su
desarrollo personal y profesional tal como quieren que sea. Quienes se queden
fuera de ese marco de libertad constituirán un sector social marginal al que
Toffler ha llamado el “cognitariado”,
y que se caracterizará por la falta de recursos para utilizar las nuevas
tecnologías de la información y aprovechar las posibilidades que ofrecen desde
las más variadas perspectivas (económicas, culturales, formativas, sociales,
académicas, recreativas, etc.).
La
institución escolar es uno de los factores que contribuirá a hacer posible
esta nueva sociedad, al mismo tiempo que ésta –la Sociedad
del Conocimiento- requiere re-pensar la escuela o, lo que es lo mismo, demanda una nueva teoría que explique
el papel que le conviene en la actualidad a esta institución como subsistema
del sistema social.
En
esta Ponencia se ha pretendido bosquejar esa teoría, haciendo hincapié en la
responsabilidad social de las organizaciones escolares, con una referencia
expresa a las nuevas formas de intercambio entre la escuela, como institución
que ha de prestar con efectividad, eficiencia y equidad el servicio público de
la enseñanza, y los grupos de interés
que constituyen su entorno natural.
Se
destaca en esta Ponencia, en congruencia con la responsabilidad social que le
atribuye a la institución escolar, que: ü
La
finalidad principal de la enseñanza es dar satisfacción a las demandas y
necesidades de los ciudadanos y del sistema social del que forma parte, y que su
calidad –la de la enseñanza- es función del grado en el que lo consigue; ü
El
objeto de enseñanza ha de responder a las exigencias de la pedagogía auténtica,
queriendo con ello decir que ha de dotar a los receptores del servicio escolar
de las competencias que son necesarias para actuar con éxito en el mundo real; ü
Ha
de reconocérsele a los ciudadanos la capacidad, y el derecho, a elegir el
centro escolar en el que deseen formarse, siempre que reúnan los requisitos
académicos necesarias para cursar las enseñanzas que en el mismo se ofrezcan; ü
Ha
de concederse a las escuelas autonomía de gestión de los recursos de que
disponen, y en la misma media responsabilidad respecto de la eficiencia con la
que los utilicen. ü
La
competitividad es un factor crítico para la innovación, y ésta un
determinante básico de la viabilidad de los centros de enseñanza, por lo que
las Administraciones han de adoptar las medidas necesarias para favorecerla, sin
generar formas de discriminación asociadas a los recursos de que disponen, al
tipo de alumnos a los que forman o al lugar en el que estén ubicados los
establecimientos docentes. ü
El
aprecio por lo que es diferente, el valorar la “otherness”, sin perjuicio de otorgar valor a los rasgos personales y
sociales propios, debe ser uno de los rasgos distintivos de la educación
escolar en la Sociedad del Conocimiento;
ü
Una
de las finalidades básicas de la institución docente ha de ser la de favorecer
la equidad social, entendiendo por tal no el procurar el crecimiento de la
mediocridad, sino: v
Compensar
los efectos que en los alumnos tienen circunstancias personales, familiares o
medioambientales desfavorables para su aprendizaje y, v
Crear
las condiciones adecuadas para que quienes tengan talentos especiales o estén
dotados de una alta capacidad para adquirir nuevas competencias puedan
desarrollarse plenamente y poner en acto todas sus posibilidades. Bilbao,
17 de septiembre de 2004 [1]
Las bases teóricas y el desarrollo de los contenidos de esta conferencia se
recogen en
la obra
“Teoría
de las
organizaciones
y control de
calidad (de
la enseñanza)”
(Gómez
Dacal, G. y
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Fondo de
Cultura Económica
(Traducción
al español). [5]
Gómez Dacal, G. y Tocino García, A. (2004): K SIGMA: Op. cit. [6]
Ello ocurre
frecuentemente.
Así, por
ejemplo,
puede
existir una
falta de
coincidencia
entre la
estimación
que los
individuos
hacen del
valor que
tienen los
estudios
académicos
que conducen
a la educación
superior (en
algunos
casos, sin
salidas
profesionales)
y los de
tipo
vocacional
que llevan a
ejercer
actividades
laborales
necesarias y
respecto de
las que
existe una
fuerte
demanda por
parte del
sistema
productivo. [7]
Caben
incluso
“puntos de
encuentro”
entre grupos
ideológicos
diferentes a
la hora de
otorgar
validez, más
allá de
cada
comunidad
cultural o
ideológica,
a
determinados
valores,
digamos
propios del
hombre en
cuanto ser
humano, que
por
consiguiente
han de ser
procurados
universalmente.
Puede
llegarse
–y de
hecho se ha
llegado- a
crear un
derecho
positivo que
proteja
tales
derechos por
encima y más
allá de las
leyes
nacionales
de cada
Estado. Es
el caso, por
ejemplo, de
la Declaración
Universal de
Derechos del
Hombre,
aprobada por
las
Organización
de Naciones
Unidas, que
proclama
valores cuyo
disfrute
tiene que
estar
garantizado
a cada
persona,
cualquiera
que sea su
raza, sexo o
religión, y
en la creación de Tribunales Internacionales para juzgar conductas
que vulneren
derechos
universales
de los
hombres y de
los pueblos.
La formación
en tales
valores ha
de ser, por
consiguiente,
un
componente
fundamental
del
“objeto de
la educación”,
ya que han
sido por
consenso
considerados
de la mayor
utilidad
para la
creación de
un orden
social justo
en el
conjunto del
Planeta. [8]
Hoxby
entiende que
al sistema
escolar le
corresponde
el crear las
condiciones
para que las
personas
puedan hacer
elecciones
que sean
rentables
individual y
socialmente,
asegurando,
en todo
caso, que se
aplican
principios
de equidad
al prever
las
posibilidades
que tienen
de formarse
todos los
individuos,
cualquiera
que sea el
grupo social
o racial al
que
pertenezcan
(Hoxby, C.:
Are
efficiency
and equity
in school
finance
substitutes
or
complements?
Journal
of Economic
Perspectives,
10, 4, 1996,
págs.
51-72.) [9]
Estos
tres niveles
de
“calidad
del
objeto” se
corresponden,
grosso
modo,
con la
clasificación
que hace
Stones (Stones, E. (1984): Psychology of Education. Londre:. Methuen.
(segunda
edición))
de las
destrezas
(competencias
en la
terminología
del proyecto
que busca
crear un
espacio
educativo
europeo) que
han de
adquirir los
alumnos como
consecuencia
del
aprendizaje
escolar: ü
Destrezas “C”
(paradigma
tradicional),
o
competencias
que adquiere
el alumno
mediante la
asimilación
de los
conocimientos
ya
construidos
que le
proporcionan
el profesor
y los
recursos didácticos; ü
Destrezas “B”
(paradigma
constructivista),
o
competencias
mediante las
que el
alumno puede
aplicar sus
conocimientos
y
recursos
cognitivos a
la adquisición
de nuevos
conocimientos; ü
Destrezas “A”
(pedagogía
auténtica),
competencias
que le
permiten al
alumno
aplicar sus
conocimientos
en contextos
no
escolares,
genuinos. [10]
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University
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La
efectividad
organizacional
(apreciada
en el nivel
de análisis
“escuela”)
suele
interpretarse
desde dos
modelos: v
El
basado en
objetivos,
que sostiene
que una
organización
es efectiva
en la medida
que alcanza
las metas
que tiene
establecidas. v
El que tiene como núcleo el sistema de recursos, para el que la
efectividad
organizacional
está
asociada a
su capacidad
para tener
un
desarrollo
equilibrado
y harmonioso
y para el
eficiente
uso de los
medios (Goodman,
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K SIGMA
Teoría de las organizaciones (escolares) en la Sociedad del Conocimiento