El español en el mundo. Introducción |

La presencia y el crecimiento del número de ciudadanos de origen hispano que vive en Estados Unidos constituye uno de los fenómenos demográficos, sociológicos y políticos más interesantes de la evolución de la sociedad norteamericana de los últimos años, y se presenta como un factor de cambio trascendental en los próximos decenios, cuyas últimas consecuencias son difíciles de pronosticar.
En el momento de presentar el Anuario 2001 del Instituto Cervantes, y de ofrecer este trabajo sobre la población hispana asentada en suelo norteamericano, están dándose a conocer algunas cifras del censo del año 2000, precisamente las correspondientes a las personas provenientes de países que hablan en español y que por nacimiento o por inmigración residen hoy en Estados Unidos. El que la Oficina del Censo de Estados Unidos haya dado prioridad a la presentación de las cifras correspondientes a la población hispana no es un suceso aleatorio; bien al contrario, es consecuencia de la percepción que desde los más diversos ámbitos se tiene acerca de la importancia de los cambios que la estructura demográfica de esta minoría ha experimentado desde el inventario hecho con ocasión del censo del año 1990; cambios demográficos determinados tanto por las propias imprecisiones censales de 1990 (numerosos ciudadanos de origen hispano, en situación irregular por haber llegado a Estados Unidos sin los requisitos legales, no cumplimentaron los impresos censales) como por la propia dinámica interna de este grupo humano (tasa de crecimiento vegetativo muy superior a la de los blancos y negros no hispanos, por ejemplo) y la persistencia de una fuerte presión inmigratoria que ha venido introduciendo cada año a decenas de miles de personas provenientes de México y de diferentes países de América Central, el Caribe y América del Sur en el solar americano.
Las nuevas cifras sobre la población hispana, todavía muy conservadoras, han causado ya una verdadera conmoción en las más variadas instancias de Estados Unidos, de la que es indicador el hecho de que hayan ocupado las primeras páginas de los medios de comunicación más importantes del país, generando, al mismo tiempo, frecuentes e intensos análisis políticos, con la finalidad de estimar el impacto que tal mutación demográfica tendrá en el corto y medio plazos en el complejo sistema de distribución de poder en los estamentos estatales y federales; económicos, con el objetivo de redimensionar las cifras relativas a la capacidad de compra y consumo de esta ingente población de más de 35 millones de personas, y de revisar los sistemas de creación de estados de opinión y marketing a través de los que se capta al comprador que habla español; culturales, tendentes a elaborar estrategias para incorporar los usos, costumbres e idioma de esta «minoría» a la sociedad norteamericana sin por ello quebrar o poner en peligro el sentimiento de pertenencia a una única nación; étnicos, para evaluar la repercusión del hecho de que la población hispana supere en número al hasta ahora poderoso integrado por los ciudadanos negros, tradicionalmente la minoría mayoritaria en este país; informativos, con la pretensión de conocer el reflejo que tendrá en los medios en cuyas audiencias están mayoritariamente representados los hispanos el crecimiento del número de personas que hablan español (prensa, radio, televisión, Internet), etc. Siendo el número, tanto en términos absolutos como relativos, el factor que convierte el ascenso demográfico de la población hispana en un acontecimiento de trascendencia nacional, la valoración de este suceso requiere de un análisis de la situación de los propios hispanos, respecto tanto de la mayoría blanca no hispana como de otras minorías asentadas en Estados Unidos, en aspectos de enorme trascendencia social, política y económica, como son el «nivel formativo», «la capacidad económica», «el tipo de hábitat», «el dominio de la lengua —el inglés— que sitúa a los ciudadanos de este país en el del progreso, «el tipo de ocupación laboral», etc., ya que tales factores ponderan, positiva o negativamente, la capacidad real de influjo que en la vida norteamericana tienen quienes integran esta o cualquier otra «minoría».
Aunque tanto en las categorías censales como en los párrafos anteriores se hace referencia a un grupo al que se identifica utilizando la voz «hispanos», conviene advertir, y así lo hace constantemente la Oficina del Censo, que quienes tienen esta condición no constituyen una raza determinada, sino que son individuos que pertenecen a razas a menudo muy diferentes, cuyo nexo no es, por lo tanto, racial, sino cultural, o mejor lingüístico, ya que incluso culturalmente presentan notorias diferencias, que son compatibles, no obstante, con una zona de intersección que está constituida, además de por el idioma, por la parte «española» de su herencia cultural.
La circunstancia de que el español sea el único factor con capacidad para identificar y estructurar a los 35 millones de hispanos, conjuntamente con la de que abra, por consiguiente, la posibilidad de que una población con tal número de miembros pueda pretender metas a través de la participación política o la intervención en los procesos económicos, convierte a ese idioma en un componente crítico para la sociedad norteamericana que ha generado dos tipos de reacciones: La primera, de signo conservador, trata de «oficializar» el inglés como el idioma del país y de eliminar de la vida pública y de la educación el uso de otras lenguas La segunda, más sensible a los derechos de las minorías, a la larga tradición de tolerancia y a las características de la sociedad de este siglo, propugna una política dirigida a asegurar el dominio de la lengua común, el inglés, por todos los ciudadanos de la Federación, y, al mismo tiempo, impulsar el mantenimiento de la lengua materna de las minorías y la adquisición de un segundo idioma por parte de los ciudadanos de habla inglesa Para conocer cómo la población hispana se constituye en un condicionante de la situación actual y futura de la sociedad americana es necesario disponer no sólo de datos fidedignos que permitan situarla en el conjunto de la estructura demográfica del país, sino también contar con un modelo explicativo que sirva a este propósito y que permita apreciar la importancia de una variable, no demográfica sino cultural, el idioma, que puede convertir a un grupo de individuos pertenecientes a etnias diferentes en una entidad dotada de sustantividad suficiente como para operar de forma unitaria.
En este sistema, el influjo que ejerce la población hispana en Estados Unidos depende de diferentes variables, ellas mismas interrelacionadas, tales como gráfico el número y estructura demográfica, cuando alcanza un valor que, en términos relativos (porcentaje respecto de la población total), es suficiente como para modificar los resultados de los procesos electorales. la localización, que, además de ponderar, tal como se indica en la , el impacto del «número» en los procesos políticos, tiene un efecto muy relevante en la creación de la masa crítica necesaria para que el idioma se constituya en un instrumento de comunicación en la vida cotidiana, lo que a su vez es determinante de la «cohesión» de la población hispana, variable a cuyos efectos subsiguientes ya nos hemos referido, o de la presencia del español y las culturas hispánicas en el sistema escolar; la capacidad económica, dependiente de forma significativa del número y de la localización de la población, además de otras variables como el nivel formativo o el tipo de actividad laboral de los hispanos, tiene un impacto significativo, por ejemplo, en el número y características de los medios de comunicación que utilizan el español o en el volumen de la actividad comercial que se realiza, total o parcialmente, en este idioma.
La formación, cuya contribución al influjo potencial de la población hispana es directo e indirecto (a medida que aumenta el nivel formativo de los ciudadanos cuya lengua materna es el español, lo hacen otras variables como «capacidad económica», «dominio de la lengua inglesa» y «lealtad lingüística o «frecuencia de uso del español»).
Esta nota de la Oficina del Censo constituye en sí misma un excelente indicador del carácter singular que tiene el español en Estados Unidos: «Como servicio a los medios de comunicación de habla española, la Oficina del Censo está proporcionando traducciones de los comunicados de prensa y las tablas que van adjuntas a ellos para los siguientes años.»
Y para los países de los que provienen los inmigrantes, tanto por los movimientos demográficos a que da lugar este desplazamiento de personas, como por la proyección de los países de origen de los emigrantes en la sociedad norteamericana o por las transferencias de recursos que se producen (de acuerdo con datos del Banco Mundial, los emigrantes hispanoamericanos residentes en Estados Unidos generaron el pasado año retornos económicos a sus lugares de procedencia de 14 100 millones de dólares, de los cuales 7 000 millones se transfirieron a México).
No obstante este punto de partida, y tal vez como consecuencia de la preocupación que desde determinados sectores políticos y sociales se ha sentido por los efectos que pudiera tener la dispersión lingüística en la articulación del país como entidad unitaria, ha habido, y persisten, frecuentes iniciativas para declarar al inglés lengua oficial, sometiendo a aprobación la correspondiente enmienda constitucional; la primera de estas iniciativas la presentó al Congreso, en el año 1981, el senador por California S.I. Hayakawa.
Aunque
la
iniciativa
de
Hayakawa
no
llegó
a
prosperar,
en
ningún
momento
ha
dejado
de
existir
en
ciertos
sectores
de
la
sociedad
norteamericana
el
deseo
de
otorgar
el
status
de
lengua
oficial
al
inglés;
deseo
que
ha
cristalizado
en
un
movimiento,
conocido
genéricamente,
como
«Official
English
movement»,
con
dos
ramas,
el
«English
First»
y
el
«U.S.
English».
A
partir
del
año
1991,
los
promotores
del
«English
Only»,
reconociendo
las
dificultades
que
entraña
el
hacer
progresar
una
modificación
de
la
Constitución,
tratan
de
que
se
le
otorgue
al
inglés
la
condición
de
lengua
oficial
por
vía
estatutaria,
para
que
así
sirva
de
medio
de
expresión
a
las
actuaciones
del
Gobierno
Federal
(y
convertirlo
en
lo
que
se
ha
dado
en
llamar
«lengua
del
Gobierno»).
Si
bien
el
movimiento
«Official
English»
no
se
ha
consolidado
en
la
legislación
nacional,
sí
lo
ha
hecho
en
el
nivel
estatal,
y
a
día
de
hoy
son
numerosos
los
territorios
de
Estados
Unidos
en
los
que
se
ha
oficializado
el
inglés
como
lengua
de
la
actividad
pública.
Han
sido
elaboradas
leyes
para
otorgar
oficialidad
y
obligatoriedad
a
la
utilización
de
la
lengua
inglesa
en
las
actuaciones
públicas
en
los
siguientes
estados:
Alabama
(1990),
Alaska
(1998),
Arizona
(1988),
Arkansas
(1987),
California
(1986),
Colorado
(1988),
Florida
(1988),
Georgia
(1996),
Hawaii
(1978),
Illinois
(1969),
Indiana
(1984),
Kentucky
(1984),
Misisipí
(1987),
Misuri
(1998),
Montana
(1995),
Nebraska
(1923),
Nueva
Hampshire
(1995),
Carolina
del
Norte
(1987),
Dakota
del
Norte
(1987),
Carolina
del
Sur
(1987),
Dakota
del
Sur
(1995),
Tennessee
(1984),
Utah
(2000),
Virginia
(1981),
Wyoming
(1996).
Además
de
estas
normas
para
promover
el
«English
Only»,
algunos
estados
han
legislado
para
convertir
en
obligatorio
el
uso
del
inglés
como
lengua
de
instrucción,
eliminando
por
esa
vía
la
llamada
«enseñanza
bilingüe»
como
modelo
didáctico
para
introducir
en
el
aprendizaje
del
inglés
a
los
, o escolares que no están
en
condiciones
de
recibir
instrucción
en
el
idioma
dominante
por
tener
una
lengua
materna
distinta
(es
el
caso
de
los
hijos
de
emigrantes
de
origen
hispano):
aprobada
la
correspondiente
Proposición
(203)
el
7
de
noviembre
de
2000;
Colorado
aprobada
la
iniciativa
para
suprimir
la
educación
bilingüe,
es
declarada
nula
por
el
Tribunal
Supremo
del
estado
por
sentencia
del
14
de
julio
de
2000,
y
aprobada la correspondiente Proposición (227), después
de
un
referéndum,
el
2
de
junio
de
1998.
Esta reacción ha tenido una rápida y favorable acogida entre los que defienden las ventajas de la «educación bilingüe», de una parte, y por las organizaciones que protegen el derecho de las minorías a no estar sometidos a procesos de aculturación, hallando eco además en los legislativos de algunos estados, que se han declarado dentro de la corriente de pensamiento «English plus»: (1989), Rhode Island (1992), Washington (1989). En el nivel federal, la Casa Blanca, en el último tramo de la Administración Clinton, dirigió un Memorándum a los Departamentos de Educación y de Estado en cuyo primer párrafo se dice: «Para continuar compitiendo con éxito en una economía globalizada y mantener nuestro rol de líder mundial, Estados Unidos necesita asegurarse de que sus ciudadanos adquieren una amplia comprensión acerca del mundo, el dominio de otros idiomas y el conocimiento de otras culturas» (The White House, Office of the Press Secretary: Memorandum for the Heads of Executive Departments and Agencies, abril 19, 2000; 6. Véase: G. Gómez Dacal (2000): El español en la educación primaria y secundaria de Estados Unidos», en Anuario 2000 del Instituto Cervantes, Barcelona; y G. Gómez Dacal: «El español como segunda lengua en Estados Unidos», en Revista de Occidente, Madrid 2001.
Este efecto aglutinante es decisivo para otorgar importancia política, económica y cultural a la población hispana, tal como hemos indicado ya.
Este impacto puede variar significativamente en función de los efectos «mediadores» de otras variables, tales como: «localización de la población hispana» (es mayor el impacto si este grupo humano se concentra en estados con fuerte peso electoral, por ejemplo) o por el «grado en el que esta población vota como grupo» (es decir, por el nivel de cohesión social de los hispanos, en el que tiene un valor crítico, tal como hemos indicado, el idioma común).
Influye fuertemente en la «autoestima» de los hispanos y en la percepción que la población general tiene de su preparación, al mismo tiempo que facilita su éxito económico, su progresión académica y profesional y, de forma indirecta pero muy efectiva, aumenta el prestigio del español como lengua de ciudadanos plenamente insertos en el de la sociedad norteamericana (en una reciente conferencia, el autor defendió la tesis de que una de las medidas para consolidar el español en Estados Unidos es conseguir que quienes lo hablan puedan expresarse con toda fluidez en inglés).
Gonzalo Gómez Dacal
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